CONVOCATORIAS: “Raza” y racismo en el abordaje estatal de la diversidad cultural

A decir de Aníbal Quijano la idea de raza es el más eficaz instrumento de dominación social inventado en los últimos 500 años. Está en el origen de la formación tanto de América como del capitalismo y de la expansión colonial europea (Quijano, 2000). A partir del siglo XVII se vuelve un indicador de grupo genealógico humano (Guillaumin, 1972), y a finales del siglo XVIII se relaciona sobre todo con el intento de destacar una dimensión fisiológica en las diferencias humanas. Bajo estos argumentos se legitima el sistema colonial y ocurre el genocidio nazi contra el pueblo judío, considerado como una “raza” inferior. En repudio a esta situación, la UNESCO en 1978 declara que la "raza" es un mito social más que un fenómeno biológico. No obstante, la inexistencia por decreto de un fundamento biológico para el racismo, no impide que este exista como un organizador de la vida social en todos los niveles, teniendo un gran peso social, psico-cognitivo y material en la organización social y en la vida de las personas, por lo que tiene derecho propio como concepto sociológico (Guillaumin, 1972). Las ciencias sociales han estudiado el sistema de relaciones raciales, concluyendo que construye relaciones desiguales de poder, de dominación, sumisión y exterminio. El racismo ha sido definido como una ideología, una doctrina, un proceso, una estructura y una práctica (Quintero, 2010), facetas que se articulan, fortaleciendo su eficacia, la que implica sacar fuera del grupo “mayoritario” (o dominante), fuera de la norma, fuera de lo humano a aquellas personas racializadas. A su vez, la racialización es entendida como un proceso de jerarquización de las poblaciones, que permite situar a las personas, nombrarlas, etiquetarlas e incluso aplicar políticas focalizadas. Definiendo quienes son superiores e inferiores, organizando las calificaciones y descalificaciones, las ficciones de raza (Macusaya, 2020) son invocadas cada vez que un sujeto racializado cruza cierto umbral tensionando el orden social. Esto que ocurre en el plano de las interacciones sociales, tiene un correlato en las estructuras de la sociedad bajo diversas formas que han sido identificadas como la segregación residencial, el racismo medioambiental, la violencia policial, el encarcelamiento masivo, la segregación en el sistema educativo, la posición en la división social del trabajo, etc., lo que ha llevado a consolidar el concepto de racismo estructural (Gee y Ford, 2010; Powell, 2008; Stavenhagen, 1999)

Uno de los principales objetos del racismo han sido los pueblos originarios. Desde la colonia el otro por excelencia ha sido el indio, solo aceptado porque ha sido confinado al espacio de la explotación de la fuerza de trabajo, como ser subhumanizado (¿tendrán alma? se preguntaban los doctrinarios eclesiásticos de la colonia), en base a la distinción entre el trabajo manual/mental. Las distintas perspectivas sobre el racismo en A.L. han abordado cómo la colonialidad y el racismo que le es consustancial, (el capitalismo no es sino capitalismo racial según Robinson, 2018), no terminan con el fin de la colonia, por el contrario, bajo la consolidación de los Estado-nación el racismo adquirió una nueva forma de expresión a través de los procesos de nacionalización, asimilación e integración de los pueblos indígenas y afrodescendientes. Más tarde, bajo el multiculturalismo neoliberal, el racismo adquiere nuevas formas de dominio a través de la participación, que ha sido la tónica de las políticas de reconocimiento que han proliferado por América latina. Pueblos y grupos racializados fueron invitados a participar del nuevo trato que el Estado buscaba establecer con sus comunidades, y amparado bajo las políticas del reconocimiento, los espacios conquistados estuvieron centrados en los ámbitos de la salud y la educación intercultural, dejando de lado los derechos colectivos y en especial el derecho de autodeterminación, lo que contribuyó a invisibilizar una vez más, el lugar central que tiene el capitalismo en la reproducción de la inequidad (Díaz Polanco, 2007; Hale, 2002; Piñones et al. 2017).

Si bien se habla de un racismo post-reconocimiento (Shlossberg, 2018), e incluso el propio Charles Hale decretó el fin de la época del multiculturalismo neoliberal (Hale, 2018), es evidente que lo que finaliza no es el racismo que lo sostiene, sino la pátina multicultural que se le adosó al racismo estructural, la pantomima folklorizante estatal y el imaginario de la horizontalidad (Piñones et al., 2017). El racismo dejó de ser silencioso (De la Cadena, 1998). Hoy se grita y viraliza en las redes sociales, a veces negándose - “aquí no hay racismo, indios de mierda” Macusaya (2020)- y a veces conformando parte del narcisismo nacionalista o del imaginario obsesivo compulsivo de la “casa ordenada”.   

Esta última expresión refleja un proceso histórico de racismo anti-inmigrante, incluso anterior al auge de la globalización. Hoy en día observamos como las personas en movimiento, migrantes, refugiados, y desplazados son objeto de racialización a través de las políticas de la gobernabilidad migratoria (Domenech, 2017). Para entender este tipo de problemáticas, se han desarrollado diferentes teorías como la propuesta de “Neo-racismo” de Balibar (1990), un “racismo sin razas” o “diferencialista”, en tanto se focaliza en las diferencias culturales y no en la herencia biológica. Lo que lo define como racismo es la “naturalización” del comportamiento humano, recurriendo al determinismo cultural y su rechazo a la mezcla de culturas. Pero, en este caso, el racismo no termina en el rechazo, pues se ha observado que es sustento de la necropolítica, entendida como el poder de administrar la muerte (social o física). Por ejemplo, en el control fronterizo de las migraciones clandestinas. Según Mbembe, la noción de necropolítica es más adecuada que la de biopoder para pensar “las formas contemporáneas de sumisión de la vida al poder de la muerte” (Mbembe, 2003, p. 39). Asimismo, el racismo anti-inmigrante ha sido trabajado por Tijoux a partir de la observación de los cuerpos migrantes. Recurriendo al concepto de interseccionalidad (Crenshaw, 1991) para explicar la articulación de prácticas racistas y sexistas en tanto dispositivos históricos de inscripción en el cuerpo de estigmas de raza, sexo, nación y clase (Tijoux y Palominos, 2015). La autora nos recuerda que el inmigrante es un “cuerpo para el capitalismo”, una “fuerza de trabajo explotable y disponible”, pero además que “el cuerpo no solo es objeto de producción sino además es objeto de una degradación tanto de su entorno familiar como de su persona” (Tijoux y Riveros, 2019).

Considerando la panorámica descrita, algunos/as autores/as que se han interesado en este fenómeno, se han centrado en la manera en que el racismo se despliega en el abordaje estatal de la diversidad cultural. Es decir, en la forma en que se expresa el racismo en distintas políticas sectoriales (salud, migratorias, educativas, vivienda, interculturales, etc.). En dichos abordajes de Estado, la diversidad cultural aparece como uno de los grandes dispositivos de alterización: es un concepto de apariencia progresista, que en general se sitúa del lado del respeto de los derechos humanos y que, no obstante, permite focalizar y orientar los esfuerzos de dominación y de mantención del status quo. En efecto, la diversidad cultural subsume el concepto de interculturalidad, autorizando y fundamentando el despliegue de un cortejo de términos e institucionalidad basados en el concepto de cultura: “estrategias culturales”, de “comunicación intercultural”, desarrollo de “competencias culturales”, servicios de “mediación intercultural”, con el fin de disminuir las “barreras culturales” y generar un “diálogo” que facilite la “convivencia intercultural” (Piñones, manuscrito no publicado). La implementación de este concepto, bajo el pretexto de disminuir las discriminaciones, obliga a los grupos minoritarios (migrantes, indígenas) a esforzarse por demostrar su especificidad para enriquecer la diversidad, facilitando su dominación (Liberona, 2012).

Dentro de esto, nos interesa problematizar el rol que el discurso de los derechos humanos juega como herramienta de estos procesos de alterización. Puede parecer paradójico que los derechos humanos sirvan como instrumento para procesos de deshumanización, pero lo concreto es que constituyen la plataforma conceptual e institucional desde la cual se despliegan los programas de alterización, y los discursos que hegemonizan la formulación de las problemáticas sociales, morigerando su carga desestabilizante (Baxi, 2009). Al respecto se han levantado importantes suspicacias a nivel latinoamericano (Estévez, 2017), e internacional (Cornwall, 2004, 2005; Moyn, 2014, 2018; Nyamu-Musembi y Cornwall, 2004), invitándonos a pensar la relación entre el racismo y los derechos humanos.

También interesa el rol que la propia academia juega en la (re)producción y legitimación de dicho abordaje. Pues si el racismo consiste en la producción de una jerarquía social basada en la alterización, ¿cuál es el rol que juega la academia a través de la producción de discursos sobre los otros en la reproducción de dicha jerarquía? ¿En qué medida a la par que se elevan análisis sobre los inmigrantes y extranjeros no se les está también recodificando como alter? ¿Bajo qué figuras la academia ofrece al Estado las herramientas conceptuales que permiten dar respuesta al descontento social, perpetuando el sistema de relaciones racializadas?

Se hace necesario entonces reflexionar sobre las configuraciones contemporáneas del racismo de Estado, y al respecto los procesos de subalternización y deshumanización, que están presente en las políticas públicas dirigidas hacia distintos grupos alterizados. El objetivo de este dossier es, por tanto, identificar y reunir las actuales contribuciones que, desde América Latina, surgen para teorizar el racismo presente en el tratamiento de la diversidad cultural de parte del Estado. Interesan investigaciones en torno al racismo estructural que guía las políticas migratorias en el continente Latinoamericano; el racismo de Estado hacia los pueblos originarios; racismo y sistema educativo; racismo en los medios de comunicación y el análisis en torno a las legislaciones y políticas contra el racismo aplicadas en algunos países. Interesan trabajos de las distintas disciplinas, interdisciplinarios, transdisciplinarios e indisciplinados. E interesa poner en diálogo producciones de distintas regiones de América Latina, superando las fronteras estado-nacionales en la conformación de las comunidades epistémicas.

 

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Bibliografía

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